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CAPÍTULO VIII

Sed torturante y náusea de todo

Penitencia y reparación

El 6 de mayo de 1955 (último mes mariano en la vida de Alejandrina), se le apareció el Inmaculado Corazón de María. Sobre aquel Corazón, ya Alejandrina había reclinado su cabeza en actitud de filial ternura.

Así lo cuenta: “Me mostró su Corazón abierto, unido  al suyo, estaba también abierto el Corazón de Jesús. Después de acariciarme, me dijo: “Hija mía, Jesús pide, y yo también pido con Él, penitencia y reparación. Son los pecados los que nos torturan. Dentro de poco vendré a buscarte para llevarte conmigo al cielo. Junta tu corazón a los nuestros para que vivas nuestros sufrimientos”. Jesús se  aproximó e hizo de los tres un solo corazón, inyectando en el mío una gota de su sangre divina y dijo: “Recibe esta vida, es vida divina, vida de gracia, de fortaleza y de amor”.

Siete meses antes de su muerte, Jesús le promete: Desde el Cielo enriquecerás a la humanidad, tú que bebiste con tanta fidelidad en los corazones de Jesús y de María”.

“Soy tu víctima”

Cuando los preanuncios de próximos cataclismos y de guerra inminente se hacían más insistentes, Alejandrina se ofreció como víctima a Dios por la paz en el mundo. Pero su oferta no era suficiente, Jesús, en aquel tiempo, se lamentó muchas veces con Alejandrina por no encontrar en la tierra otras almas víctimas que se ofrecieran a esa expiación.

El 20 de enero de 1939 (pocos meses antes de que empezara la guerra), durante el éxtasis de la pasión, Jesús le rebeló que el mundo estaba suspendido por un hilo muy sutil y frágil. La medida estaba por transbordar. Un año antes, Jesús le había dicho: “Lirio mío, perfumado con fragancias de ángel, tu generosidad hace retardar el castigo, ya próximo a caer sobre los pecadores”.

El 11 de septiembre tiene lugar un coloquio significativo. Alejandrina suplica: “Jesús mío, quiero sufrir todo, todo, quiero ser triturada por ti, soy tu víctima, pero no castigues al mundo, Jesús mío, quiero ser tu pararrayos colocado en todos los lugares donde tú habitas, qué recaiga sobre mí los crímenes de los pecadores”.

Entonces el Señor le hacer contemplar la devastación de la guerra, Alejandrina acepta sufrir todo, con tal de que se salve el mundo. Jesús le aconseja prepararse para “caminos más dolorosos”, le da entonces un apelativo suave, “mi querida heroína” y le asegura: “Acepté tu oferta y todas tus palabras, eres víctima, necesito que sufras para que los pecadores no me ofendan más, por el efecto de sus sufrimientos, ellos vendrán a lavarse en la fuente pura, en la fuente cristalina de Jesús”.

Una gracia especial

Mientras, el Señor la llena de inefables dulzuras, en un coloquio le dice: “Tú eres todo en mi Corazón, en el lugar más sublime, eres mi ornamento más bello, adorné tu corazón con mis virtudes, ¿quieres hacer un contrato conmigo?

Y Alejandrina le responde: “Jesús mío, quiero. Pero me siento cada vez más confusa, tú vez mi miseria, soy una nada, un inmenso nada.

¿Qué importa? – replica Jesús Yo te escogí en esa nulidad. Tú me diste todo y yo en paga me doy todo a ti. Te doy los tesoros de mi Corazón. Tómalos, son tuyos. Dáselos a quien quieras, mi Corazón transborda de amor”. Después, Jesús usa con ella otra exquisita delicadeza.

Alejandrina cuenta: “Considero una gracia especial la resolución de mi párroco en traerme la Comunión todos los días, lo tenía pedido a Jesús, conmigo lo pidieron también otras personas, había sido para mí una de las mayores alegrías, alimentarme con el Pan de los ángeles.

Pero no podía retener nada en el estómago, cierta mañana, el párroco entró en mi cuarto y le dije: “Quisiera recibir a Nuestro Señor, y me respondió: “Sí, hija mía, voy a buscar una partícula para ver si la conservas, se no la devuelves, te traigo a Jesús”. Así lo hizo, pero nada más tragué la partícula, vomité. El Párroco quería retirar la promesa, pero se le dijo: “Señor prior, una hostia no consagrada no es Jesús”. Y entonces se resolvió a buscarlo, lo recibí y lo conservé. A partir de aquel día no me dejó más sin comunión, a pesar de mis vómitos.

Todas las veces que el párroco entraba en mi cuarto, yo estaba atormentada con ansias fortísimas, pero nada más recibía a Jesús, los vómitos cesaban inmediatamente y no regresaban sino hasta media hora después. Después de esto, el párroco ya no temió darme la Comunión.

El mal olor de los pecados

En 1938, después de haber sufrido por primera vez la pasión, Alejandrina tiene dolores atroces. Regresaron los vómitos de sangre, se vio torturada por una sed tan torturante, que no había agua que la apagara. Pero no podía pasar ni una gota, pasaba entonces días y noches con un popote que dejaba pasar gotas de agua a su boca. Quedaba desfallecida y cansaba a las personas que la asistían, y todavía continuaba suplicante: “Denme agua, agua, agua.

Además de esta sed, le sobrevino un olor insoportable por los pecados en que se sentía inmersa. “Comencé a sentir olores repugnantes, no soportaba a nadie junto a mí, porque todos exhalaban un olor de carne putrefacta, me aproximaban violetas y perfumes, pero yo apartaba todo, porque siempre me atormentaba el mismo olor. Sentía náuseas, todo emanaba exhalaciones pestíferas, quisiera poder explicar y describir todo, pero creo que me faltaría el valor, pues solamente recordarlo me hace sufrir”.

Las palabras “pecado” y “pecador”

Alejandrina no podía escuchar las palabras “pecado y “pecador, sin que su alma se estremeciera, su cuerpo temblaba y se sobresaltaba como si estuviera junto a una corriente eléctrica.

“El 26 de diciembre de 1938 – escribe – me visitó el Prof. Elísio de Moura, me trató con mucha aspereza, quiso sentarme en una cadera, con una violencia increíble, al no conseguirlo, me tiró en la cama con violencia y empezó a moverme los brazos de forma que me hizo sufrir horriblemente, después me tapó la boca, me rodó varias veces en la cama haciendo que pegara mi cabeza en la pared”.

En aquella ocasión, el P. Mariano le expone al médico el extraño fenómeno que le sucedía a Alejandrina cuando oía pronunciar las palabras “pecado” y “pecador”, entonces el médico regresa violentamente al cuarto de la enferma y le dice: “Di conmigo el Avemaría. Y recitó con ella toda la oración. Pero la esperada convulsión no se produjo, le dio entonces una palmada en el rostro y le dice: “Ves como ahora te pille en tu engaño, yo dije “pecadores” y tú... pero se le cortó la frase en la garganta, porque vio a Alejandrina que temblaba convulsivamente, como si fuera sacudida por una fuerza misteriosa, el profesor se lanzó entonces encima de ella, y la aferró con sus manos, procurando inmovilizarla pero no lo consiguió, antes bien, fue lanzado a los aires, así que tuvo que desistir.

El Padre Mariano le explicó que cuando Alejandrina se incluía en el número de los pecadores, rezando el Avemaría, nunca se verificaba el extraño fenómeno. Antes de dejar la casa, junto a la puerta entreabierta del cuarto de Alejandrina, el doctor se despide y le dice: “Adiós, Alejandrina, reza también por mí”.

   

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