El 6 de mayo de 1955 (último mes mariano
en la vida de Alejandrina), se le apareció el Inmaculado Corazón de María. Sobre
aquel Corazón, ya Alejandrina había reclinado su cabeza en actitud de filial
ternura.
Así lo cuenta: “Me mostró su Corazón
abierto, unido al suyo, estaba también abierto el Corazón de Jesús. Después de
acariciarme, me dijo: “Hija mía, Jesús pide, y yo también pido con Él,
penitencia y reparación. Son los pecados los que nos torturan. Dentro de poco
vendré a buscarte para llevarte conmigo al cielo. Junta tu corazón a los
nuestros para que vivas nuestros sufrimientos”. Jesús se aproximó e hizo de los
tres un solo corazón, inyectando en el mío una gota de su sangre divina y dijo:
“Recibe esta vida, es vida divina, vida de gracia, de fortaleza y de amor”.
Siete meses antes de su muerte, Jesús le
promete: Desde el Cielo enriquecerás a la humanidad, tú que bebiste con tanta
fidelidad en los corazones de Jesús y de María”.
Cuando los preanuncios de próximos
cataclismos y de guerra inminente se hacían
más insistentes, Alejandrina se
ofreció como víctima a Dios por la paz en el mundo. Pero su oferta no era
suficiente, Jesús, en aquel tiempo, se lamentó muchas veces con Alejandrina por
no encontrar en la tierra otras almas víctimas que se ofrecieran a esa
expiación.
El 20 de enero de 1939 (pocos meses antes
de que empezara la guerra), durante el éxtasis de la pasión, Jesús le rebeló que
el mundo estaba suspendido por un hilo muy sutil y frágil. La medida estaba por
transbordar. Un año antes, Jesús le había dicho: “Lirio mío, perfumado con
fragancias de ángel, tu generosidad hace retardar el castigo, ya próximo a caer
sobre los pecadores”.
El 11 de septiembre tiene lugar un
coloquio significativo. Alejandrina suplica: “Jesús mío, quiero sufrir todo,
todo, quiero ser triturada por ti, soy tu víctima, pero no castigues al mundo,
Jesús mío, quiero ser tu pararrayos colocado en todos los lugares donde tú
habitas, qué recaiga sobre mí los crímenes de los pecadores”.
Entonces el Señor le hacer contemplar la
devastación de la guerra, Alejandrina acepta sufrir todo, con tal de que se
salve el mundo. Jesús le aconseja prepararse para “caminos más dolorosos”, le da
entonces un apelativo suave, “mi querida heroína” y le asegura: “Acepté tu
oferta y todas tus palabras, eres víctima, necesito que sufras para que los
pecadores no me ofendan más, por el efecto de sus sufrimientos, ellos vendrán a
lavarse en la fuente pura, en la fuente cristalina de Jesús”.
Mientras, el Señor la llena de inefables
dulzuras, en un coloquio le dice: “Tú eres todo en mi Corazón, en el lugar más
sublime, eres mi ornamento más bello, adorné tu corazón con mis virtudes,
¿quieres hacer un contrato conmigo?
Y Alejandrina le responde: “Jesús mío,
quiero. Pero me siento cada vez más confusa, tú vez mi miseria, soy una nada, un
inmenso nada.
―¿Qué importa? –
replica Jesús – Yo te
escogí en esa nulidad. Tú me diste todo y yo en paga me doy todo a ti. Te doy
los tesoros de mi Corazón. Tómalos, son tuyos. Dáselos a quien quieras, mi
Corazón transborda de amor”. Después, Jesús usa con ella otra exquisita
delicadeza.
Alejandrina cuenta: “Considero una gracia
especial la resolución de mi párroco en traerme la Comunión todos los días, lo
tenía pedido a Jesús, conmigo lo pidieron también otras personas, había sido
para mí una de las mayores alegrías, alimentarme con el Pan de los ángeles.
Pero no podía retener nada en el estómago,
cierta mañana, el párroco entró en mi cuarto y le dije: “Quisiera recibir a
Nuestro Señor, y me respondió: “Sí, hija mía, voy a buscar una partícula para
ver si la conservas, se no la devuelves, te traigo a Jesús”. Así lo hizo, pero
nada más tragué la partícula, vomité. El Párroco quería retirar la promesa, pero
se le dijo: “Señor prior, una hostia no consagrada no es Jesús”. Y entonces se
resolvió a buscarlo, lo recibí y lo conservé. A partir de aquel día no me dejó
más sin comunión, a pesar de mis vómitos.
Todas las veces que el párroco entraba en
mi cuarto, yo estaba atormentada con ansias fortísimas, pero nada más recibía a
Jesús, los vómitos cesaban inmediatamente y no regresaban sino hasta media hora
después. Después de esto, el párroco ya no temió darme la Comunión.
En 1938, después de haber sufrido por
primera vez la pasión, Alejandrina tiene dolores atroces. Regresaron los vómitos
de sangre, se vio torturada por una sed tan torturante, que no había agua que la
apagara. Pero no podía pasar ni una gota, pasaba entonces días y noches con un
popote que dejaba pasar gotas de agua a su boca. Quedaba desfallecida y cansaba
a las personas que la asistían, y todavía continuaba suplicante: “Denme agua,
agua, agua.
Además de esta sed, le sobrevino un olor
insoportable por los pecados en que se sentía inmersa. “Comencé a sentir olores
repugnantes, no soportaba a nadie junto a mí, porque todos exhalaban un olor de
carne putrefacta, me aproximaban violetas y perfumes, pero yo apartaba todo,
porque siempre me atormentaba el mismo olor. Sentía náuseas, todo emanaba
exhalaciones pestíferas, quisiera poder explicar y describir todo, pero creo que
me faltaría el valor, pues solamente recordarlo me hace sufrir”.
Alejandrina no podía escuchar las palabras
“pecado y “pecador, sin que su alma se
estremeciera, su cuerpo temblaba y se
sobresaltaba como si estuviera junto a una corriente eléctrica.
“El 26 de diciembre de 1938 – escribe – me
visitó el Prof. Elísio de Moura, me trató con mucha aspereza, quiso sentarme en
una cadera, con una violencia increíble, al no conseguirlo, me tiró en la cama
con violencia y empezó a moverme los brazos de forma que me hizo sufrir
horriblemente, después me tapó la boca, me rodó varias veces en la cama haciendo
que pegara mi cabeza en la pared”.
En aquella ocasión, el P. Mariano le
expone al médico el extraño fenómeno que le sucedía a Alejandrina cuando oía
pronunciar las palabras “pecado” y “pecador”, entonces el médico regresa
violentamente al cuarto de la enferma y le dice: “Di conmigo el Avemaría. Y
recitó con ella toda la oración. Pero la esperada convulsión no se produjo, le
dio entonces una palmada en el rostro y le dice: “Ves como ahora te pille en tu
engaño, yo dije “pecadores” y tú... pero se le cortó la frase en la garganta,
porque vio a Alejandrina que temblaba convulsivamente, como si fuera sacudida
por una fuerza misteriosa, el profesor se lanzó entonces encima de ella, y la
aferró con sus manos, procurando inmovilizarla pero no lo consiguió, antes bien,
fue lanzado a los aires, así que tuvo que desistir.
El Padre Mariano le explicó que cuando
Alejandrina se incluía en el número de los pecadores, rezando el Avemaría, nunca
se verificaba el extraño fenómeno. Antes de dejar la casa, junto a la puerta
entreabierta del cuarto de Alejandrina, el doctor se despide y le dice: “Adiós,
Alejandrina, reza también por mí”.