Un día Alejandrina sintió su corazón
atenazado por una fuerza misteriosa, tanto
que se vio obligada a mantener la
cabeza inclinada sobre el mismo lado por espacio de una hora y le invadió una
tristeza inmensa.
Y entonces Jesús le habló: “Cándido lirio,
loquita de amor, heroína siempre luchando, quiero que sufras sin consuelo en tu
alma, te sientes prisionera, soy Yo que te invito a vivir así, raramente
sentirás consuelo, muy raramente, hasta el fin de tu vida. Quiero que tu corazón
viva en el dolor, en la tristeza y en la amargura, pero con una sonrisa en los
labios, yo no tuve consuelo en toda mi Pasión, y te amo con un amor particular,
con un amor totalmente reservado, por eso te hago semejante a Mí”.
El dolor envuelve la vida de Alejandrina,
pero el dolor es un gran maestro, el 1 de marzo de 1946, ella dicta en su
Diario: “El dolor es todo cuanto hay de más sabio, el dolor es la escuela más
sublime, nada mejor que el dolor que nos enseña a amar a Jesús, el dolor nos
guía y nos encamina hacia Él”.
En un coloquio Jesús le dice: “Piensa
solamente en mí, ya que tan generosamente te ofreces como víctima por los
pecados del mundo, Yo haré de ti un canal por donde fluirán las gracias sobre
las almas”.
“No sé lo que sentí en mí –cuenta
Alejandrina, comentando esas palabras- no sé explicarme bien: sentía un peso
enorme, un peso tal que me daba la impresión de que yo misma y sobre todo mi
corazón, se convertían en algo tan grande como el mundo”. Algunos días después,
Jesús le explicaba: “Voy a modelarte, te preparo para cosas sublimes”.
La primera invitación que Alejandrina
recibió de Jesús para una crucifixión total, fue el 6 de septiembre de 1934. Se
lo comunicó a su Director el día 8, aniversario de Nuestra Señora.
Jesús le adelantaba que le daría el
sufrimiento de su Pasión como señal externa de su voluntad de que se consagrara
el mundo al Corazón Inmaculado de María.
Pasan los días, las tinieblas y los
sufrimientos se acumulan en su alma como la nieve en un invierno glacial.
“En la mañana del 2 de octubre de 1938, el
Señor me dice que me haría pasar a través de toda su Pasión, desde el Huerto al
Calvario, sólo no llegaría al Consummatum est. Me afirmaba que había de comenzar
el día 3 y después sufriría todos los viernes, después de mediodía, hasta las
tres de la tarde.
Y ella no le dice que no al Señor. Avisé a
mi Padre espiritual, esperando angustiada el día y la hora, pues nadie podía
imaginar lo que iría a suceder. Durante la noche del 3 de octubre, fue grande la
angustia en mi alma, pero también fue grande el sufrimiento de mi cuerpo,
comencé a vomitar sangre, y sentí horrendas punzadas. Esto se repitió por varios
días, no podía tomar ningún alimento, fue así como entré en mi primera
crucifixión, que horror sentía en mí, que indecible aflicción”.
Así comenzó Alejandrina a sufrir la pasión
de Jesús.
Durante tres horas y media permanecía en
éxtasis y solamente sufría aquello que se renovaba en su alma y en su cuerpo y
que correspondía a la Pasión del Salvador. Los dolores del Señor se reproducían
en ella uno a uno, desde el Huerto de los Olivos hasta el último suspiro en la
cruz.
El misterioso martirio se manifestaba
externamente, desde el mediodía hasta las tres de la tarde. Cosa admirable,
también en el éxtasis obedecía a su Director o a quien él hubiera delegado para
esto, y no solamente órdenes explícitas dadas de viva voz, también cuando se le
daban órdenes mentales. El médico asistente, Dr. Manuel Augusto de Azevedo,
desde 1941, fue una de los pocos testigos asiduos de aquellos éxtasis, observaba
y tomaba apuntes.
Otros médicos, enviados por la Autoridad
Eclesiástica, para verificar si había engaño o fraude, y aún para ver si sería
algún fenómeno debido a fuerzas misteriosas de orden natural, procedieron en
variados exámenes y controles, durante el éxtasis picaron violentamente a
Alejandrina, que no reaccionó a esto.
En cualquier movimiento que hiciera
Alejandrina, brusco, ya sea al descender de la cama, al voltearse, al
arrastrarse por el piso, hacía todo con mucha compostura y modestia, de tal
forma, que nunca fue necesario componerla su ropa, “teníamos la impresión de que
tenía un Ángel a su lado que le componía la ropa” –decían todos los testigos.
También son sorprendentes ciertos
conocimientos de Alejandrina. Por ejemplo, explicaba con respecto de la corona
de espinas que no se trataba de una corona, se trataba de un capacete de espinas
que cubría toda la cabeza de Jesús. El rostro de Jesús de la Sábana Santa de
Turín era, según su parecer, muy semejante al que ella veía tantas veces, no
podía mirarla sin conmoverse.
El Dr. Azevedo invitó un día a un
sacerdote presente a levantar del piso a Alejandrina, que en ese momento revivía
el camino para el Calvario con la cruz a cuestas. El sacerdote, bastante
robusto, la tomó por los brazos pero todos sus esfuerzos fueron inútiles,
murmurando: “Con toda mi fuerza no consigo levantarla”, y en esos tiempos,
Alejandrina pesaba menos de 40 kilos.
Cierto día estaba presente un célebre
médico, el Dr. Elísio de Moura, psiquiatra, quitándose su saco y con modos
bruscos agarró de los brazos a Alejandrina, sudaba, pero no pudo moverla ni un
centímetro, al contrario, en un movimiento imprevisto de la agonizante en el
Huerto, el psiquiatra cayó de espaldas.
Varios hombres, amigos de la familia,
prepararon una balanza, para verificar el peso de la Cruz de Jesús, pero a pesar
de todos sus esfuerzos no pudieron levantar a Alejandrina del piso.
Su Director recordó que en cierta ocasión
durante la subida al Calvario, le preguntó, por obediencia, cual era el peso de
la Cruz.
Y la vidente obedeció, sencilla y solemne,
respondió en el éxtasis: “Mi cruz tiene un peso mundial”. Respuesta
profundamente teológica y desconcertante: sobre la Cruz de Jesús pesaban todos
los pecados de la humanidad. El mismo “peso mundial” lo sentía ella durante la
agonía en el Huerto. Le parecía que era despedazada y triturada entre la
cantidad de los pecados y por el peso de la justicia divina, como si estuviera
entre los cilindros de una prensa o entre los dientes de un torno.
Interrogada sobre la forma de la cruz,
explicaba que no era como las cruces habituales, pero constaba de un tronco
vertical encimado por otros dos, dispuestos en forma de V mayúsculo. Más o menos
como una Y griega. Esa descripción recuerda a la cruz usada como suplicio de los
esclavos.
También le preguntaron porque era que, en
cuanto la clavaban en la cruz, alargaba dolorosamente los dedos hasta tocar la
muñeca y no en la palma de la mano. Alejandrina respondió: “Es porque Jesús no
fue clavado en las manos, sino en las muñecas”. Alguien intentó levantarle un
brazo del piso, cuando estaba clavada en la cruz y no lo consiguió.
Después de que la crucificaron, se
volteaba de bruces por algunos instantes y nuevamente se ponía de espaldas,
interrogada sobre el motivo de esa posición, explicaba: “Es porque en aquel
momento voltean la cruz para remachar los clavos, como hicieron con Jesús”.
Aquella escena le quedó dolorosamente grabada, por lo que, desde ese momento, no
tenía volteado de espaldas el pequeño crucifijo que traían en el pecho.
Todos aquellos que presenciaban estas
escenas, casi sin respirar, se veían conmocionados, en el silencio más profundo
enjugaban sus lágrimas, pues tenían la certeza de haber asistido a la pasión y
muerte de Jesús.
Los moretones causados por las caídas
debajo de la cruz y las marcas visibles en muchas partes del cuerpo y producidas
por los suplicios, desaparecían después del éxtasis, Alejandrina, dispuesta a
sufrir todo, pidió siempre al Señor que no le dejara estigmas o cualquier otra
señal exterior de sus sufrimientos místicos.