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Capítulo IV

“Quiero ser un racimo exprimido”

El Señor de dice con ternura en 1935:

“Hija mía, estoy siempre contigo, si supieras cuanto te amo, morirías de alegría”.

Un año después, Alejandrina advierte algo superfluo dentro de sí. “El corazón latía con tanta fuerza, me parecía como si lo estuvieran retocando” Y Jesús le explica: -“Soy Yo quien te adorno”.

Alejandrina, confusa, intenta resistirse y Jesús le responde: “¿Qué te importa a ti? Yo te escogí así, debajo de tu miseria y de tus pecados yo escondo mi grandeza, mi omnipotencia, los rayos de mi gloria”. –Hace una especie de contrato con ella: “Consuélame, ámame y te consolaré en todas tus aflicciones”.

Las solicitudes de amor divino la perseguían: “Dame tu corazón para colocarlo en el mío, de manera que no tengas otro amor sino el mío.

Y le revela: “Establecía en ti mi morada, eres un tabernáculo no construido por la mano del hombre sino por manos divinas, habito en ti como si tú solamente existieses en el mundo, como si solamente a ti de debiera de amar”.

El 13 de marzo de 1938, Jesús rasga las tinieblas con luminosa claridad y le muestra su alma que se ha convertido en habitación de Dios. Alejandrina exclama, deslumbrada y conmovida: “¡Estaba toda iluminada, aún a gran distancia, yo era toda luz!”.

“Te quiero más brillante que los ángeles”

Jesús está siempre junto a ella y en otra ocasión le dice: “Tú viviste siempre en mis benditas manos y en las de tu y mía Madre del Cielo. Te acompañamos por los caminos duros y difíciles que ya venciste, no caíste, porque nosotros te amparábamos y también ahora no te caes porque seguimos sosteniéndote”.

La primera lección que le da el divino Maestro es muy sencilla: Olvidar el mundo y entregarse toda a Él y existe con ella: “Muere para el mundo, y que el mundo muera para ti, Jesús es el mundo para quien has de vivir, en quien has de pensar, a quien debes amar e imitar: un mundo que encierra todos los tesoros.

El alma fascinada por Jesús, vive en el mundo, pero ya no es del mundo. El Maestro lo concretiza sus exigencias en el siguiente consejo: “Ama la soledad”.

En otro coloquio le enseña como debe ser su entrega: “Valor, hija mía, cuesta mucho ser tratada así, Yo bien lo sé, pero aquello que más cuesta, más consuela a tu Jesús, mi Corazón siente violencia al verte sufrir así, te quiero en mis brazos con la misma sencillez de un niño en los brazos de su madre. Te quiero más brillante que los ángeles, porque los ángeles son brillantes por naturaleza y tú lo eres porque te conservaste pura, porque me permites que trabaje libremente en ti, para enriquecerte de las más hermosas virtudes”.

Sagrarios y almas

El ideal de Alejandrina se define ahora más claramente: Sagrarios y almas. Jesús lo confirma: “Como María Magdalena, también tú escogiste la mejor parte. Escogiste amarme en los Sagrarios, donde me puedes contemplar, no con los ojos del cuerpo, pero con los ojos del alma y del espíritu. Yo me encuentro en ellos en cuerpo, alma y divinidad, como en el cielo. Escogiste cuanto hay de más sublime”.

Y la invitación de Jesús regresa, siempre insistente: “Ama la soledad, ve a mis Sagrarios: allí es donde aprendes, allí es en donde más se practica la soledad, desde hace años, desde hace siglos”.

Alejandrina prefería siempre el jueves: “Qué bello día es el jueves – dejó escrito el 11 de octubre de 1934 – es el día en que el Señor instituyó el Santísimo Sacramento”.

Prefiere escribir las cartas y su Diario en jueves porque, sintiendo mucha dificultad tanto en escribir como en dictarle a Deolinda, encontraba así la manera de demostrar con hechos su amor a Jesús en la sagrada Eucaristía.

Frecuentemente salía de su alma el grito: “Es jueves, es mi día”. Y Jesús le repite: “Hoy es tu día, el gran día, tu locura: el día de mi Sacramento. Encuentra almas que me adoren en mi Sacramento de amor y que vengan a hacerlo cuando partas para el cielo”.

Alejandrina vibra con este ideal eucarístico : “Me pertenece esta misión, dale almas a Jesús, vivir alerta en la Eucaristía, siempre alerta con Jesús. Como mariposa junto a la llama, como pastor vigilante por sus corderos”.

Pretende “amar de amor puro” y no teniendo la forma, se dirige al corazón de Aquella que es la Madre del Amor hermoso: “Madrecita –murmura filialmente- sólo de ti puede venir este amor, dámelo”.

Y hablando consigo misma: “Corazón mío, no te detengas ve al encuentro de tu madre celeste, ve a navegar en aquel océano, ve a perfumarte con los aromas de las más sublimes virtudes, ve a revestirte, ve a enriquecerte de los tesoros de tu excelsa Reina”.

“Te escogí para que me hicieras compañía”

“¿Quieres consolarme? –pregunta Jesús- ¿quieres consolar al santificador de tu alma? Ve a los Sagrarios, ve a hacer una obra de misericordia, ve a consolar a quien está triste y yo estoy tan triste, estoy tan ofendido”.

Las palabras de Jesús arden en su alma. “¿No tienes compasión de mí? –le dice Jesús- estoy solo en los Tabernáculos, escarnecido, abandonado, ofendido, ve a consolarme, ve a reparar tamaño abandono. Visitar y consolar a los presos es obra de caridad, y Yo estoy preso por amor, Yo soy el prisionero de los prisioneros”.

Sus lamentos la traspasan: “Los hombres no creen en mi existencia, no creen que yo habito en ellos, blasfeman contra mí, unos creen, pero no me aman y no me visitan, viven como si Yo no estuviera en ellos. Ve, son tuyas mis prisiones, te escogí para que me hicieras compañía en aquellos pequeños refugios, muchos son tan pobrecitos, pero adentro, qué riqueza, está en ellos el Dios del cielo y de la tierra”.

Jesús se lamenta de la pobreza de sus Tabernáculos: “Estoy  en ellos como un pobre mendigo, sucio y desarrapado, procura que estén limpios y aseados”.

En el día de la Anunciación, Alejandrina escribe una carta a Nuestra Señora y le dice: “Madrecita del cielo, mi amable Señora, dame un amor que sea capaz de sufrir todo por amor de ti y de mi querido Jesús, sí, de mi querido Jesús, que es todo para mi alma, porque es la luz que me ilumina es el Pan que me sacia, es el camino más seguro por donde he de caminar.

Yo, Señora mía, me siento tan débil por las contrariedades de la vida: ¿qué sería de mí, sin ti o sin mi Jesús?

“Jesús me dice que se sirve de mí para que muchas almas lleguen hasta Él y se sientan estimuladas a amarlo en la Eucaristía”.

Y Jesús le insiste dulcemente: “Haz que sea amado por todos en mi Sacramento de amor, el mayor de los Sacramentos, el milagro más solemne de mi sabiduría”

“Sé mi víctima”

Jesús le explica que la Eucaristía es su Pasión perpetua, para que en su unión pueda sufrir eficazmente.

“Mi esposa fiel, ven con tu corazón y con tu reparación a curar las heridas que me son abiertas por los pecados, sus dolores son más horribles que los dolores del Calvario, cuántos clavos, cuántas coronas de espinas, cuántas lanzas, ve a pasar una parte de la noche en mis Tabernáculos con mucho amor y fervor, Yo estoy contigo en el Tabernáculo de tu corazón y tú estás en mis sagrarios en todo el mundo.

Hija mía, el sufrimiento es la llave del cielo, sufrí tanto para abrirlo a la humanidad, pero para muchos fue inútil. Dicen: “Quiero gozar, sólo vine al mundo para gozar”. Claman: “No hay infierno”. Morí por ellos y dicen que nadie me mandó y descargan contra Mí, herejías y blasfemias. Para salvarlos escojo ciertas almas, les pongo la cruz a sus espaldas y me sujeto a ayudarlas. Feliz el alma que comprende el valor del sufrimiento, mi cruz es suave, cuando es llevada por mi amor”.

En varios coloquios le dice Jesús: “No evites ningún sufrimiento, ningún sacrificio”.

“Si me tienes amor, si eres toda mía, no me niegues lo que te pido: “Sé mi víctima”. Y la estimulaba a ofrecerse, porque “todo aquello que me piden en la Sagrada Eucaristía será concedido, pues es remedio para todos los males, reza por los pecadores, que no se acuerdan que tienen un alma para salvarla y que una eternidad los espera al cabo de poco tiempo”.

“Hija mía, ángel bello”

Reconocida con Nuestra Señora, a quien atribuye la gracia del amor que la abrasa y le da fuerza para resistir el dolor, escribe  en una carta de fines de mayo de 1938: “Quiero ser una bola en tus manos, quiero ser trigo en el molino, quiero ser un racimo exprimido. Sufrir y amar, mi querida Madre, es mi sueño: ser una nada, completamente nada”.

Y Jesús le dice: “Te escogí para ser la felicidad de muchas almas, quiero que se enseñe la devoción a los Sagrarios, quiero que se encienda en las almas la devoción a estas prisiones de amor. Yo no me quedé en la tierra sólo por amor de aquellos que me aman, sino por amor por todos, aún cuando estén inmersos en su trabajo, me pueden consolar”.

Pero Jesús suspira: “Quiero muchos guardias fieles, postrados delante de los Tabernáculos para impedir tantos crímenes”. Después le dirige una serie de expresiones maravillosas: “Hija mía, ángel bello, perla esplendorosa, que haces brillar la corona de tu Esposo, dile a tu Director que conozca bien el amor que me tienes, para darlo a conocer al mundo”.

   

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