SENTIMIENTOS DEL ALMA
1944
23 de Noviembre
De
dentro de mí sale un grito de profunda aflicción y extrema agonía.
No soy oída. Con las manos levantadas al Cielo una y muchas veces
imploro socorro. De nada valen mis gritos. No existe quien pueda
compadecerse de mi agonía. Aterrorizada, loca de dolor, me siento en
la cima de la más alta montaña, sin ver nada, porque la oscuridad es
de densas tinieblas; continúo: ¡Socorro, socorro!

13 octubre 1955
¿Socorro de dónde, si nada existe, todo es muerte en la tierra y en
el Cielo? Mi alma llora, llora sin cesar con un dolor indecible que
no puedo explicar. Miré al Corazón Santísimo de Jesús y exclamé:
¡Dolor,
dolor que no es comprendido! Pero no importa, mi Jesús, basta ser
comprendida por Vos, no por el premio que me das, pero sí para que
Vos aprovecháis de mi sufrimiento para la salvación de las almas.
Al
sentir que mi cuerpo ya no podía sufrir más y como sentía el alma
muy herida por lo mucho que me hacen sufrir, tuve un desahogo con mi
hermana.
Es
necesario no tener corazón pra hacerme sufrir así además de tanto
sufrir...
Me
refería a los sufrimientos dados al alma además de tan grande
martirio del cuerpo. ¿Dios mío, qué estoy diciendo? ¿Cómo puedo
hablar de mi alma si ella ya murió? ¿Cómo puedo hablar de mi cuerpo
si él ya desapareció, ni cenizas existen? ¿Quién habla; Jesús?
¿Quién sufre? ¿Quién vive aquí?
Habláis
Vos, sufrís Vos, sólo Vos, mi Amor.
Ay,
Dios mío, no puedo pensar en esto, no puedo aguantar estos tristes
sentimientos.
Aguanta, Jesús, aguanta por mí.
El
demonio trabaja en un ataque aterrador para persuadirme que lo que
sentía era verdad me decía que eran mil demonios no uno sólo, que
sólo así podía ser.
Agregaba muchas cosas feas.
― No
quieras ser víctima de Jesús, entrégate a mí por voluntad y por
amor.Yo no te hago sufrir como él, conmigo sólo tendrás gozo,
siempre gozo.
Mira
como pecas.
Me
ofrecía a Jesús lo más que podía y entonces más se enfurecía en
contra mía.
Me
afirmaba que nunca me iba a dejar, pero, sin saber cómo, huyó
dejándome bañada en sudor y como que mi cuerpo estaba deshecho.
El
último ataque fue terminado casi a media noche. Eran las ocho y
media horas, estábamos rezando en familia, de uno y otro lado oía a
mi alrededor silbidos aterradores.
Conocí
que eran silbidos infernales, quedé asustadísima. Poco después de
terminadas las oraciones se formó enfrente mío, entre llamas, una
danza de demonios. Eran tantos como lluvia, todos danzaban, pero
sólo uno hablaba diciéndome todo lo que hay feo y vergonzoso.
En las
horas de los combates, todo sé, todo conozco, todo es malicia, todo
es horror. Después desconozco las cosas, quedando con el temor de
haber pecado, el recuerdo de la presencia de Dios y de haber
comulgado. Dios mío, y ni un sacerdote para oírme en confesión, las
mañas de Satanás me cambiaron de posición. Un baño de sudor mojó mi
ropa, no podía estar más tiempo así, no tenía fuerzas para pedir que
me pusiesen en otra posición.
¡Jesús
y Madrecita, ayúdenme!
Vino
Jesús y me dice:
― Ven
acá, hija mía, Satanás te odia pero Yo te amo. Satanás te
persigue y Yo vengo en tu auxilio. Te amo, eres mi
hija, eres mi esposa, eres mi amada. ¿Sabes porqué te odia y te
persigue? Por las almas que me das.
Anda,
mi encanto, ven
a descansar.
Quedé
en la posición de costumbre, por espacio de mucho tiempo sin poder
descansar, pero con mucha paz, unidita a Jesús y a pedirle cosas a
mi Madrecita.
26 de Noviembre
¿Jesús,
qué vida es la mía? ¿Es Vuestra o a quien pertenece? No puedo
aguantar el sufrimiento que me causa la muerte de mi alma, no puedo
estar aquí sin ella: no comprendo, no puedo convencerme de esta
separación. Esta pérdida que yo siento me causa un dolor
enloquecedor. ¡Triste penar el mío! Recorro el mundo por entre
tinieblas gritando siempre: ¡Socorro, socorro! No veo nada, no
encuentro a nadie, no soy escuchada, parece que sólo yo existiera
aquí. Tantas veces invoco el nombre de Jesús y de la querida
Madrecita. Tantas veces quiero levantar mis ojos para el Cielo:
Dios
mío, me falta valor.
Jesús
no me oye.
¿Y como
puede mi Madrecita oírme y atenderme tan manchada como estoy?
¿Me
atrevo a levantar los ojos a la Patria celeste de su habitación para
desde allá recibir algun alivio? ¡Triste confusión la mía!
Ay, mi
Jesús, todo mi ser está despedazado. No tengo valor, Jesús mío, ay
de mí. No puedo estar en Vuestra divina presencia, cubierta de
maldades y de crímenes como estoy.
Una y
otra vez me pasan por el pensamiento alguno de los títulos que me
das y es para mí el mayor tormento, es sólo para mi mayor verguenza
y confusión.
¿Cómo,
Jesús, cómo puedes hablarle así a la más indigna de Vuestras hijas,
a este abismo de miseria? Quiero redoblar mi confianza en Vos,
confío ciegamente. Lo que quiero es amaros y confío que me ames aún
sin sentir amor, sin sentir un corazón para amaros. ¡Creo, creo, mi
Jesús! Vos me desprendéis de todo y de todos. Hágase Vuestra divina
voluntad. Dejé de sentir en mí la presencia del divino Espíritu
Santo. Todo esto me causa el mayor horror. Todo desaparece, todo
huye de mí, hasta las mismas criaturas. Quiero resistir tanto dolor,
y desfallezco, no puedo.
Para
daros mayor consolación, mi Jesús, quiero sufrir en silencio, sola,
sin desahogos a no ser con Vos. Ofrezco el sacrificio de callar y
sufrir, quedo indiferente al sentir que no os doy la más pequeña
consolación.
Mi
vida, mi cruz, te quiero, te amo porque creo que en ti está Jesús.
Jesús,
Jesús, ve este dolor, ve este pobre ser luchar, luchar sola en medio
del mundo. Mira este corazón que grita y llora, ve este dolor que
despedaza mundos y mundos.
Hoy, al
final de la comunión, empecé a desahogarme con mi Jesús.
Ve mi
agonía, ve mi dolor, ve este corazón que tanto desea amaros, ve
compadécete de mí, mi Jesús.
Decía
esto para desahogarme, para el alivio de mi penar y no con el fin de
una respuesta, ni pensaba en eso. Pero Jesús, primero que todo, me
incendió el corazón en llamas abrasadoras, me parecía que ardía todo
mi lpecho, y después empezó a hablarme dulcemente:
— Hija
mía, tu agonía es mi alegría, tu dolor es mi consuelo, tus lágrimas
son sonrisas por la alegría y reparación que me das.
¡Valor,
hijita, nada temas! Valor para todas las pruebas que vienen y puedan
venir. Tienes a tu Jesús, ¿qué puedes temer? Tienes gracias, tienes
fuerza para combatir y vencer a millares y millares de mundos. La
victora es mía, sólo mía. La gloria es mía y de los que cuidan lo
que es mío.
Quedé
con más fuerza, con más aliento en mi alma. Fue muy fugaz. Pronto
volví al mismo penar. Espinas de uno y otro lado, rumores de
tempestades, un sentir de mi alma como si ellas nunca acabasen,
ansiar de ir para el Cielo y al mismo tiempo, temor a la muerte. No
sé, pero me parece que este miedo de morir es el mismo que me causa
el recuerdo de vivir en la presencia de Dios. Pienso si serán efecto
de los ataques del demonio. Me parece mentira que me haya dejadado
en paz dos días y dos noches, será después para un mayor tormento.
Sea lo
que Jesús quiera: Lo que yo quiero es no pecar. |