SENTIMIENTOS DEL ALMA 1944
16 de Octubre
Caminando siempre arrastradas por alguien, sin dar desde hace
tiempo señales de vida, allá van mis cenizas cayendo, momento a
momento, en este cementerio inmenso, en un abismo sin fin. Una
montaña de ruinas, de miserias y de crímenes caen sobre ellas
hundiéndolas más y más en ese abismo. Oh mi Dios, todo pasa,
todo
desaparece. No sé porque siento ahora una lluvia de sangre caer
sobre estas pobres cenizas amortecidas, casi para desaparecer
por completo. Esa sangre forma ríos, baña esas cenizas que
quedan apachurradas, quedando así una masa de sangre, sólo
sangre. ¿Qué es esto, Dios mío? No lo sé: es dolor para mí y el
resto basta que Vos lo
sepáis. ¡Si en
medio de esto yo os amo! No quiero otro movimiento ni otra
palabra para mis labios.
Jesús, el demonio enfurecido no cesa en sus combates,
ven conmigo
para resistir, es furor diabólico. En uno de ellos, de los más
violentos, me acusaba de ser la mayor de las criminales.
— Y
dices que eres inocente y que no quieres pecar y es sólo eso lo
que tu quieres.
Me
decía más, mucho más.
—
Dios mío, bien sabéis que no me tengo por inocente y que por
gracia y misericordia Vuestra conozco mi miseria. Jesús mío, soy
Vuestra víctima.
Mientras renovaba la oferta a Jesús y le decía, no quiero pecar,
el demonio repetía:
—
¡Criminal! ¡Criminal!
Y
Jesús, dentro de mí, pronto a defenderme:
—
¡Inocente! ¡Inocente!
El
demonio, despavorido, con la cara volteada para atrás como
mirando a alguien, huía lejos, desesperado. No oía bien, pero
parecía blasfemar contra Jesús. Todo se calmó y poco después de
dormí.
Vivo triste y aterradísima. ¡Dios mío, qué miedo tengo de pecar!
Aún hoy oía a lo lejos las seducciones y las palabras feas de
Satanás. Ante sus tremendas amenazas, me aterraba cada vez más.
Miré hacia Jesús crucificado y le dije:
Bendita sea la cruz de cada día, benditos sean los sufrimientos
de cada momento.
Me
hizo recordar a un condenado que va hacia el martirio, pero que
va porque es obligado, y en cuando camina, desesperadamente, va
maldiciendo todo. Así me pasaba a mí. El demonio me llevaba con
sus mañas, me desafiaba con sus maldades. El amor a Jesús y a
las almas me obligaba a caminar. En medio de mi aflicción, mis
maldiciones fueron estas:
—
Soy vuestra, Jesús, todo por Vos y por las almas. No quiero
pecar ¡Ay, pecar no, mi Jesús! Soy Vuestra víctima.
Al
terminar la lucha, el corazón se deshacía en dolor, bañada en
sudores, acabé con lágrimas y con el triste recelo de haber
pecado.
Bien sabéis, Señor, que no quiero ofenderos, confío en Vos y en
las palabras de quien me dirige. En recompensa de mi dolor, dame
almas, todas las almas y Vuestro amor sin fin.
17 de Octubre
Hoy
siento en mi cuerpo un gran cansancio, basta decir: está muerto,
es ceniza, sólo ceniza. El demonio me dejó en paz, o mejor,
Jesús así lo permitió. Pero se sirvió de mi estado de
desfallecimiento para atacarme violentamente. Fue sólo un ataque
en el día de hoy, pero valió no sé por cuántos. Llamándome con
muchos nombres feos, me decía:
—
Dices que soy yo el que te atormento, y mira que eres tú la que
quieres pecar. Hoy no has hecho nada de lo de costumbre porque
te sientes cansada. Mira que eres tú la que pecas y quieres
pecar.
Continuando diciéndome cosas más horrorosas, agregó:
—
Prepárate para una noche de crímenes, para una noche de ofensas
a ese Dios a quien dices amar, el cual tiene por ti el mayor
aborrecimiento y desprecio.
El
combate fue aterrador a más no poder. Fue en el auge de tanta
agonía que recurrí a Jesús y a la Madrecita. Mi pobre corazón me
parecía que tenía el movimiento y el ruido de una fábrica. Mi
pecho era muy pequeñito para contenerlo.
Jesús, soy Vuestra víctima, Jesús, no quiero pecar. ¡Madrecita,
ayúdame! ¡Ay, qué será de mí!
Bañada en sudor, empecé a llorar. Después de reflexionar bien en
el peligro en que estaba metida, exclamé profunda y
dolorosamente:
Dios mío, estoy en Vuestra divina presencia. ¡Qué vergüenza, qué
vergüenza, mi Jesús!
Después de esto, una voz venida sólo de Dios tranquilizó a mi
alma, me tranquilicé y no pensé por algún tiempo en que había
ofendido a Jesús. Quedé en ansias de amarlo y le decía:
¡Jesús, si hubiera nuevas invenciones de amor, cómo yo querría
amar! Si hubiesen fábricas que inventasen amor y me fuese
posible construir el mundo todo en fábricas, era eso lo que
querría hacer, Jesús. Querría ver al mundo todo, al Cielo y a la
tierra, a amaros por mí. No quepo en mí, Jesús; Jesús, mi dulce
Amor, haz que yo os ame: mira mis deseos, mira las ansias que me
consumen.
18 de Octubre
El
demonio me amenaza, pero de nada valieron sus amenazas. Jesús no
consintió que me atormentara durante la noche.
Esta mañana, cuando me preparaba para comulgar, me atormentaron
las dudas por algún tiempo. Después de que Jesús entró en mi
corazón, todo lo que eran dudas desaparecieron, sentí una gran
paz y una dulce unión sin poder separarme de aquel por quien
suspiro. Esta dulzura y esta suavidad del alma, estas ansias y
la locura de amor por Jesús me dieron aliento, dieron vida a las
cenizas de mi pobre cuerpo. De todo necesité.
Después de unas horas de haber tomado la sagrada Comunión, el
maldito inventó nuevos medios de atormentarme. Eran el tiempo en
que debían de regresar de Póvoa mi madre y mi prima. Fue mi
hermana a esperarlas al apeadero. La demora era grande, no
aparecía nadie. Empezó el malvado, un poco retirado de mí, con
las mayores injurias y afrentas, con las palabras más indecentes
y feas.
—
Mira, mi criminal, tu madre y tu prima están muertas. Los
cuerpos de ellas están en ruinas, sin un hospital, ni un
cementerio. Unas zanjas están abiertas para sepultarlas en el
lugar del desastre, a ellas y a centenares y centenares de
personas: no escapó una sola. Tantos inocentes muertos por tu
causa, de la que eres culpable. Dios no vio otra forma de
castigar tus crímenes, fue para castigarte que procedió así. Me
manda avisarte que todo esto fue porque lo ofendes tan
gravemente. Tu hermana fue a su encuentro, fue víctima junto a
la ruina de ellas.
Veía y sentía mi alma en esas zanjas, la sangre y todos aquellas
piltrafas desastrosas. No eran cadáveres, era sangre, eran las
carnes cortadas todas en pedacitos. ¡Dios mío, todo esto por
causa mía! Me sentía de verdad la mayor de las criminales y la
causante de todo aquel desastre.
—
Jesús, confío en Vos, espero que todo esto sea mentira.
Perdóname, ten misericordia de mí- Bien sabéis que mis deseos
son los de amaros; nada de pecado, nada de disgusto para Vos.
El
demonio, con carcajadas, acompañadas de nombres feos, fingía
tocar la viola. Me recordó mi prima que había orden de quien
tiene autoridad para eso de mandarlo retirar. Cogiendo el
crucifijo, esparció agua bendita, usó de las palabras que había
oído decir y él se retiró. Pero, antes de retirarse, enfurecido,
escupía volteado para el rostro de ella.
Llegué a preguntarle si sentía los escupitajos, y me respondió
que no. Fueron dos horas de lucha. Luché siempre con los ojos en
Jesús y sin dar una palabra al enemigo. Estaba cansada y
aterrada de tan triste escena. Vino Jesús con su bálsamo divino,
curó por algún tiempo mis llagas.
—
Hija mía, hija mía, no creas a Satanás, es mi enemigo, es
enemigo de las almas. No hay ningún desastre, fue apenas un
atraso, los tuyos están por llegar. Confía en tu Jesús que te da
todo: te da paz, dulzura y amor. Confía, confía: soy tu Jesús,
loquito de amor por ti. Confía plenamente en Jesús.
No
dudes más. Minutos después, llegaban todos los que me son
queridos.
Pobres almas que se dejan convencer por Satanás. Pobre de mí, si
Jesús me abandonase un momento, sería entonces la más
desgraciada.