Alexandrina de Balasar

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ESCRITOS DE LA BEATA ALEJANDRINA

— 30 —

SENTIMIENTOS DEL ALMA 1944

 

16 de Octubre

Caminando siempre arrastradas por alguien, sin dar desde hace tiempo señales de vida, allá van mis cenizas cayendo, momento a momento, en este cementerio inmenso, en un abismo sin fin. Una montaña de ruinas, de miserias y de crímenes caen sobre ellas hundiéndolas más y más en ese abismo. Oh mi Dios, todo pasa, todo desaparece. No sé porque siento ahora una lluvia de sangre caer sobre estas pobres cenizas amortecidas, casi para desaparecer por completo. Esa sangre forma ríos, baña esas cenizas que quedan apachurradas, quedando así una masa de sangre, sólo sangre. ¿Qué es esto, Dios mío? No lo sé: es dolor para mí y el resto basta que Vos lo sepáis. ¡Si en medio de esto yo os amo! No quiero otro movimiento ni otra palabra para mis labios.

Jesús, el demonio enfurecido no cesa en sus combates, ven conmigo para resistir, es furor diabólico. En uno de ellos, de los más violentos, me acusaba de ser la mayor de las criminales.

— Y dices que eres inocente y que no quieres pecar y es sólo eso lo que tu quieres.

Me decía más, mucho más.

— Dios mío, bien sabéis que no me tengo por inocente y que por gracia y misericordia Vuestra conozco mi miseria. Jesús mío, soy Vuestra víctima.

Mientras renovaba la oferta a Jesús y le decía, no quiero pecar, el demonio repetía:

— ¡Criminal! ¡Criminal!

Y Jesús, dentro de mí, pronto a defenderme:

— ¡Inocente! ¡Inocente!

El demonio, despavorido, con la cara volteada para atrás como mirando a alguien, huía lejos, desesperado. No oía bien, pero parecía blasfemar contra Jesús. Todo se calmó y poco después de dormí.

Vivo triste y aterradísima. ¡Dios mío, qué miedo tengo de pecar! Aún hoy oía a lo lejos las seducciones y las palabras feas de Satanás. Ante sus tremendas amenazas, me aterraba cada vez más. Miré hacia Jesús crucificado y le dije:

Bendita sea la cruz de cada día, benditos sean los sufrimientos de cada momento.

Me hizo recordar a un condenado que va hacia el martirio, pero que va porque es obligado, y en cuando camina, desesperadamente, va maldiciendo todo. Así me pasaba a mí. El demonio me llevaba con sus mañas, me desafiaba con sus maldades. El amor a Jesús y a las almas me obligaba a caminar. En medio de mi aflicción, mis maldiciones fueron estas:

— Soy vuestra, Jesús, todo por Vos y por las almas. No quiero pecar ¡Ay, pecar no, mi Jesús! Soy Vuestra víctima.

Al terminar la lucha, el corazón se deshacía en dolor, bañada en sudores, acabé con lágrimas y con el triste recelo de haber pecado.

Bien sabéis, Señor, que no quiero ofenderos, confío en Vos y en las palabras de quien me dirige. En recompensa de mi dolor, dame almas, todas las almas y Vuestro amor sin fin.

17 de Octubre

Hoy siento en mi cuerpo un gran cansancio, basta decir: está muerto, es ceniza, sólo ceniza. El demonio me dejó en paz, o mejor, Jesús así lo permitió. Pero se sirvió de mi estado de desfallecimiento para atacarme violentamente. Fue sólo un ataque en el día de hoy, pero valió no sé por cuántos. Llamándome con muchos nombres feos, me decía:

— Dices que soy yo el que te atormento, y mira que eres tú la que quieres pecar. Hoy no has hecho nada de lo de costumbre porque te sientes cansada. Mira que eres tú la que pecas y quieres pecar.

Continuando diciéndome cosas más horrorosas, agregó:

— Prepárate para una noche de crímenes, para una noche de ofensas a ese Dios a quien dices amar, el cual tiene por ti el mayor aborrecimiento y desprecio.

El combate fue aterrador a más no poder. Fue en el auge de tanta agonía que recurrí a Jesús y a la Madrecita. Mi pobre corazón me parecía que tenía el movimiento y el ruido de una fábrica. Mi pecho era muy pequeñito para contenerlo.

Jesús, soy Vuestra víctima, Jesús, no quiero pecar. ¡Madrecita, ayúdame! ¡Ay, qué será de mí!

Bañada en sudor, empecé a llorar. Después de reflexionar bien en el peligro en que estaba metida, exclamé profunda y dolorosamente:

Dios mío, estoy en Vuestra divina presencia. ¡Qué vergüenza, qué vergüenza, mi Jesús!

Después de esto, una voz venida sólo de Dios tranquilizó a mi alma, me tranquilicé y no pensé por algún tiempo en que había ofendido a Jesús. Quedé en ansias de amarlo y le decía:

¡Jesús, si hubiera nuevas invenciones de amor, cómo yo querría amar! Si hubiesen fábricas que inventasen amor y me fuese posible construir el mundo todo en fábricas, era eso lo que querría hacer, Jesús. Querría ver al mundo todo, al Cielo y a la tierra, a amaros por mí. No quepo en mí, Jesús; Jesús, mi dulce Amor, haz que yo os ame: mira mis deseos, mira las ansias que me consumen.

18 de Octubre

El demonio me amenaza, pero de nada valieron sus amenazas. Jesús no consintió que me atormentara durante la noche.

Esta mañana, cuando me preparaba para comulgar, me atormentaron las dudas por algún tiempo. Después de que Jesús entró en mi corazón, todo lo que eran dudas desaparecieron, sentí una gran paz y una dulce unión sin poder separarme de aquel por quien suspiro. Esta dulzura y esta suavidad del alma, estas ansias y la locura de amor por Jesús me dieron aliento, dieron vida a las cenizas de mi pobre cuerpo. De todo necesité.

Después de unas horas de haber tomado la sagrada Comunión, el maldito inventó nuevos medios de atormentarme. Eran el tiempo en que debían de regresar de Póvoa mi madre y mi prima. Fue mi hermana a esperarlas al apeadero. La demora era grande, no aparecía nadie. Empezó el malvado, un poco retirado de mí, con las mayores injurias y afrentas, con las palabras más indecentes y feas.

— Mira, mi criminal, tu madre y tu prima están muertas. Los cuerpos de ellas están en ruinas, sin un hospital, ni un cementerio. Unas zanjas están abiertas para sepultarlas en el lugar del desastre, a ellas y a centenares y centenares de personas: no escapó una sola. Tantos inocentes muertos por tu causa, de la que eres culpable. Dios no vio otra forma de castigar tus crímenes, fue para castigarte que procedió así. Me manda avisarte que todo esto fue porque lo ofendes tan gravemente. Tu hermana fue a su encuentro, fue víctima junto a la ruina de ellas.

Veía y sentía mi alma en esas zanjas, la sangre y todos aquellas piltrafas desastrosas. No eran cadáveres, era sangre, eran las carnes cortadas todas en pedacitos. ¡Dios mío, todo esto por causa mía! Me sentía de verdad la mayor de las criminales y la causante de todo aquel desastre.

— Jesús, confío en Vos, espero que todo esto sea mentira. Perdóname, ten misericordia de mí- Bien sabéis que mis deseos son los de amaros; nada de pecado, nada de disgusto para Vos.

El demonio, con carcajadas, acompañadas de nombres feos, fingía tocar la viola. Me recordó mi prima que había orden de quien tiene autoridad para eso de mandarlo retirar. Cogiendo el crucifijo, esparció agua bendita, usó de las palabras que había oído decir y él se retiró. Pero, antes de retirarse, enfurecido, escupía volteado para el rostro de ella.

Llegué a preguntarle si sentía los escupitajos, y me respondió que no. Fueron dos horas de lucha. Luché siempre con los ojos en Jesús y sin dar una palabra al enemigo. Estaba cansada y aterrada de tan triste escena. Vino Jesús con su bálsamo divino, curó por algún tiempo mis llagas.

— Hija mía, hija mía, no creas a Satanás, es mi enemigo, es enemigo de las almas. No hay ningún desastre, fue apenas un atraso, los tuyos están por llegar. Confía en tu Jesús que te da todo: te da paz, dulzura y amor. Confía, confía: soy tu Jesús, loquito de amor por ti. Confía plenamente en Jesús.

No dudes más. Minutos después, llegaban todos los que me son queridos.

Pobres almas que se dejan convencer por Satanás. Pobre de mí, si Jesús me abandonase un momento, sería entonces la más desgraciada.

 

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